martes, 14 de junio de 2011

ANALOGÍAS Y DIFERENCIAS entre Huasipungo (1934) y El mundo es ancho y ajeno (1941)


En primer lugar tenemos la novela indigenista , Huasipungo, del ecuatoriano Jorge Icaza, que fue publicada en Quito por la Imprenta Nacional en 1934.
En Huasipungo ( Fernández, 1995: 318-319) se pone de manifiesto la explotación del indio por la oligarquía, que lo considera una simple fuerza productiva, casi animalizada. La narración recoge las injusticias sufridas por los huasipungueros del Cuchitambo hasta la sublevación final, como reacción al despojo del huasipungo, palabra de origen quechua- de “wasi (casa) y “punku” (entrada): casa a la entrada. Así pues, el huasipungo era un pedazo de tierra de cultivo, dentro de las posesiones del hacendado, para instalar su vivienda y sus animales, y para que desarrollasen una agricultura de subsistencia, todo ello a cambio del trabajo en la hacienda.
La tierra no constituye aquí el reducto mítico, que rige la existencia del indio sobre la base de sus creencias ancestrales, sino que es el signo de la explotación económica. El conflicto de la novela surge como consecuencia de un proyecto de explotación maderera en la hacienda de Cuchitambo, propiedad de don Alfonso, a instancias de una empresa norteamericana, cuya cabeza visible es míster Chapy, aunque, al final, se descubre que el verdadero interés es la explotación petrolífera.
La novela está presentada con extremada crudeza, de ahí el feísmo-expresionista de muchas de sus páginas. Las condiciones de vida de los indígenas son infrahumanas. Su utilización como fuerza de trabajo raya la animalización. El final de la novela da una visión totalmente negativa de la realidad social ecuatoriana: la animalización de los indios, la crueldad de los cholos, la codicia y la lujuria del clero y la ambición de los hacendados.
Nos presenta, todavía, un país con estructuras semifeudales y con un movimiento modernizador, donde lo único que cuenta es la ambición personal. El aguafuerte de denuncia que nos transmite Jorge Icaza, produce un desencanto radical: el mismo levantamiento final constituye un acto irreflexivo, una reacción ante la pérdida del único elemento de supervivencia, que aún les queda a los indígenas.
La aniquilación final constata que ningún cambio se ha producido. La brutal represión deja las cosas como estaban y la ‘civilización’ seguirá explotando los recursos. No se propone salida alguna.
Al final de la novela al reclamar el derecho consuetudinario al huasipungo, recurren a su idioma autóctono (el quechua) y al uso ancestral del cuerno. El grito: ¡Ñucantic hasipungo! (nuestro huasipungo) es el eco de insurrecciones pasadas, de rebeliones como la de Tupac Amaru, el héroe histórico, convertido en líder mítico, de tal forma que ha dado nombre a la guerrilla de Uruguay en los años 70: “Los tupamaros”
No faltaron las críticas a la novela por las deficiencias de estilo y por la degradación animalesca con que presenta a los indios, dejando de lado sus creencias y sus valores culturales hasta reducirlos a meras supersticiones, que lo dejaban indefenso ante los abusos. No obstante, Icaza parece ser que pretende criticar a los grupos de poder, a los hacendados y sus aliados, más que reivindicar la vida del indígena. Se trata pues de una obra literaria de denuncia y de combate del momento político.
También tuvo una crítica elogiosa y no cabe duda que Huasipungo convirtió a Icaza en un escritor de éxito; y también fue una novela premiada, obtiene el premio de novela latinoamericana, convocado por la “Revista América” de Buenos Aires.
Preguntado Icaza, 25 años más tarde, sobre la situación de los huasipungueros por el diario Clarín, ésta es su respuesta: “Tenía ilusión de que Huasipungo, con su protesta tremenda, contribuya a redimir al huasipunguero. Al hacerle conocer en su dolor, en su soledad, en su desesperanza. El indio en el Ecuador sigue en la misma situación. Huasipungo tiene una actualidad absoluta ahora mismo…Es mi gran éxito literario, pero es también mi gran amargura, algo así como el fracaso de una ilusión”1. Y estábamos ya en 1959 y las cosas no habían cambiado.


En segundo lugar tenemos El mundo es ancho y ajeno del escritor peruano Ciro Alegría, que la escribió en cuatro meses y en el exilio en Chile para presentarla al premio latinoamericano de novela de los 21 países de habla hispana, convocado por la editorial Farrar and Rinehart de Nueva York y representando a Chile. La novela resultó la ganadora del concurso y fue publicada por la editorial Ercilla en Santiago de Chile en 1941. Es su tercera novela.
En un contexto político de frecuentes asonadas y en plena irrupción del capital extranjero, un hijo de hacendados, que había abandonado su situación privilegiada para luchar por los desposeídos, escribió en el exilio chileno, El mundo es ancho y ajeno, novela indigenista, pero que traspasa los límites del indigenismo y hace uno de los retratos más certeros del Perú de las dos primeras décadas del siglo XX. Y todo ello sin detrimento de la calidad literaria, pues es una novela deslumbrante.
Alegría quiso demostrar que para el indígena andino, el centro del mundo era la comunidad y que, además, de esos asentamientos milenarios, había ciudades con obreros, haciendas de caña en la costa, plantaciones de coca en la selva con peones en régimen de semiesclavitud, caucheros enganchados, una minería explotadora de recursos y de hombres y un mundo marginal de alzados, que al fallarles sus jefes políticos, se volvieron bandoleros, que, a veces se unían a las comunidades para luchar contra el enemigo común: el gamonal.
Ciro Alegría puso en claro las características de una tierra extensa (el mundo es ancho) pero con dueños (y ajeno). Estamos, pues, ante una novela abarcadora de los tres espacios que conforman el Perú: la sierra, la selva, la costa y la ciudad.
El mundo… (Oviedo,2007: 463-466) es unas novela abarcadora de toda la vida del país e intenta ofrecer un mural narrativo de la realidad del Perú desde una vieja comunidad indígena. En ella se enfrenta la tradición contra la ley, el ayllu contra el latifundio, la solidaridad de la comunidad contra la codicia del terrateniente, la economía indígena contra la irrupción del capitalismo transnacional.
La novela sigue uno de los modelos narrativos de la época: la “novela-río”, en la que la narración recibe los materiales de los afluentes y los incorpora al relato con el fin de expresar la complejidad del mundo. Esta técnica novelística Alegría la tomó de Thomas Mann y Hermann Hesse, pues de esta forma consigue que la historia se cuente a través de otras peripecias que la enriquecen sin la intervención de un mediador. Se trata de una novela polifónica, que abarca desde un intimismo lírico hasta grandes escenas épicas, con muchos personajes, espacios, desplazamientos espaciales y temporales utilizando técnicas de la novela moderna (contrapunto, montaje o flash-back).
Pero lo que mueve al autor es su profunda convicción de usar la lengua literaria como un instrumento de adhesión con una causa: la posesión de la tierra y como un alegato contra el poder que intenta y logra aplastarla.
Estamos ante una novela social, con una tesis ideológica y con el propósito político de sacudir la conciencia del país. Y este proyecto lo lleva a cabo con equilibrio y convicción. Muestra las fuerzas en conflicto, la comunidad de Rumi contra la oligarquía terrateniente, encarnada en don Álvaro Abenámar, apoyado por el gobierno, el ejército, el clero y la justicia. Así tenemos el conflicto básico entre un mundo pequeño y propio (la comunidad) con un “mundo ancho y ajeno”.
Este equilibrio, del que venimos hablando, se percibe, también, en la creación de ambientes y personajes bien diferenciados, en la sabia combinación de testimonios documentales y de ficción, con episodios dramáticos y digresiones descriptivas que retardan la acción. El resultado es un friso vivo de la historia del Perú, en la que se entretejen los materiales más diversos: biografías, leyendas, tradiciones orales, relatos internos, símbolos etc.; y todo ello con un fin primordial narrar la epopeya de la comunidad de Rumi a comienzos del siglo XX, desde 1912 a 1928.
La historia se narra como una lucha constante por sobrevivir, de acuerdo a sus viejos principios de trabajo colectivo y de la tierra, como derecho básico a poseerla, frente a los intereses del latifundismo, aliado con los poderes capitalistas nacionales y extranjeros. El paso de la figura patriarcal del alcalde Rosendo Maqui, que resiste la desigual batalla por vías legales, a la del joven Benito Castro, que se convence que no hay otro camino que la lucha armada, es el recurso desesperado de los desheredados de la tierra.
La cuestión va más allá de una reivindicación socio-política para proclamar un profundo dilema cultural entre dos formas de vida distintas, una basada en la solidaridad y el ancestral apego a la tierra, y otra en el individualismo occidental y moderno. Este dilema es el que el indigenismo había traído al primer plano del debate intelectual. La batalla por la dignidad volverá a librarse porque tiene una fuerza moral que es superior a la fuerza física que sofoca la revuelta.
Un signo del progreso, la carretera, que según la ley vial, habían hecho los indios de la comunidad, facilitó la entrada de los camiones con un batallón de soldados que acaba con los miembros de la comunidad.
Benito Castro, el último alcalde, ante la pregunta de su mujer Marguicha le dice:
-Váyanse, váyanse- alcanza a decir el hombre (…)
-¿Adónde iremos? ¿Adónde?- implora Marguicha mirando con los ojos locos al marido, al hijo, al mundo , a su soledad.
Ella no lo sabe y Benito ha muerto ya” (p. 634).
El alcalde insta a su asustada mujer a salvarse y salvar a su hijo para mantener viva la llama de la dignidad humana.


Estamos ante dos novelas indigenistas, en las que el indio deja de ser un elemento folclórico y pasa a ser protagonista de la trama argumental, denunciando su situación o pretendiendo su incorporación a la modernización de su país.
Igualmente son dos novelas premiadas fuera de su país, El mundo… por la editorial Farrar and Rinehart de Nueva York y Huasipungo por la Revista “América” de Buenos Aires.
La temática que desarrollan las dos novelas es muy parecida, en ambos casos los indios se ven obligados a abandonar sus tierras por la fuerza de las armas, unas tierras tradicionalmente comunes o consentidas por el patrón.
En cuanto a los personajes en El mundo… hay tres personajes arquetípicos en los que se asienta la novela: el viejo alcalde Rosendo Maqui, que representa la tradición, la justicia, el apego a la tierra, frente al expoliador don Álvaro; y Benito Castro, hijo adoptivo de Rosendo Maqui, el nuevo alcalde que regresa a la comunidad, ya alfabetizado, portador de la modernidad, que acaba con las supersticiones de la comunidad y pretende insertarla en las corrientes modernizadoras del país. El otro personaje arquetípico el Fiero Vásquez, un bandido, que a veces, ayuda a la comunidad, un fuera de la ley del patrón y del estado por desesperación, algunos críticos han querido ver el germen de la guerrilla posterior.
Mientras que los personajes de Huasipungo, apenas están perfilados, don Alfonso Pereira (“el patrón grande su mercé”), el terrateniente-explotador, es, a la vez, intermediario entre su tío y míster Chapy, porque su mentalidad es tan feudal, que no es capaz de tratar directamente con el capital extranjero. Lo único que sabe es explotar y parece ser que con poca eficacia, pues está lleno de deudas y pretende, ahora, enriquecerse con la entrada de otro depredador. Andrés Chiliquinga y su mujer Cunshi, que muere por comer carne en mal estado, son personajes sin dimensión psicológica, sólo sirven para denunciar al poder político, sometido a los latifundistas.
Sin embargo don Álvaro Amenámar es un explotador que actúa aparentemente por cuenta propia y, además, da alguna supuesta oportunidad de defensa a la comunidad de Rumi, que con los manejos de la justicia, desplaza y por último la despoja y se produce la revuelta. En Huasipungo no hay ningún tipo de defensa, cuando se van cumpliendo los objetivos de la carretera, llega el despojo sin contemplaciones, siempre con la anuencia del poder.
En El mundo… en el primer proceso actúa el ‘tinterillo’ Bismark Ruiz y en el recurso entra en escena el abogado Arturo Correa Zabala, aliado del indigenismo, pues pertenece a la Asociación Pro-Indígena, Correa con su trabajo pretende influir en la burocracia palanquista para que cambie sus ideales materialistas y obsecuentes con el poder, por otros ideales más nobles que beneficien al país, incorporando a la masa indígena dentro de la vida político-económica del Perú. Y este sería uno de los mensajes de la novela de Ciro Alegría.
En cuanto a la función de la iglesia católica, en El mundo… don Gervasio es español y cuando Rosendo Maqui se entrevista con él, lo único que le dice es que tenga paz y resignación ante la injusticia. También combate por interés las supersticiones de la bruja Nasha Suro. Sin embargo el cura de Huasipungo es mucho más cruel, lascivo y explotador de las supersticiones de los huasipungueros.
En cuanto a la novela en su totalidad El mundo… es mucho más abarcadora y extensa, traza una radiografía de todos los ámbitos del Perú, también de la ciudad, con muchas situaciones, personajes, relatos orales, insertos; mientras que Huasipungo nos pone de manifiesto una realidad única, la de los huasipungueros de la hacienda de Cuchitambo con la finalidad de denunciar a los hacendados y al capital extranjero, en este caso causante del despojo.
Los recursos estilísticos utilizados por Alegría son mucho más numerosos. El mundo… (Villanes, 2000: 86-87) Utiliza, según H. Bonneville un “lenguaje hechicero”. En los primeros capítulos el lenguaje carga las tintas hacia el mundo comunero, pero a medida que avanza la novela se vuelve más socializado y reivindicativo. Hay relatos interpolados del narrador y relatos orales de algún personaje.
También están los particulares idiolectos de los personajes, según el hablante sea comunero, de la costa, de la sierra, de la selva o de la ciudad. La muestra sería el lenguaje de Benito Castro antes de salir de Rumi y el que utiliza cuando retorna a la comunidad, ya alfabetizado. Hay intromisiones del autor, en los que en tono confidencial, anticipa hechos al lector. Incluye textos periodísticos. En general los personajes se expresan con propiedad y mesura.
En Huasipungo Icaza, que era dramaturgo, hace que el relato parezca una rápida sucesión de cuadros dramáticos con abundantes diálogos estilizados, a veces y el discurso narrativo podría recordar las acotaciones teatrales. Si sus proyectos teatrales ofrecen una factura expresionista eso conlleva la presentación de una masa indígena animalizada y unos explotadores presentados en caricatura. Por último hay que destacar la fidelidad del habla de los indígenas, que carecen de capacidad para expresarse con soltura, y lo hacen con frases breves, entrecortadas e inconexas.
Todo este material literario de metáforas, caricaturas, ironías e hipérboles demuestran que Icaza puso en la novela un interés que conjugase la eficacia de la denuncia con la calidad artística.
BIBLIOGRAFÍA:
- Barrera Trinidad (Coord.), Historia de la literatura hispanoamericana, Tomo III, Siglo XX, Editorial Cátedra, Madrid, 2008
- Ciro Alegría, El mundo es ancho y ajeno, (Edición de Carlos Villanes Cairo), Ediciones de la Torre, Madrid, 2000
- Icaza Jorge, Huasipungo, (Edición de Teodosio Fernández), Cátedra, Letras Hispánicas, 8ª edición, Madrid, 2009.
- Oviedo José Miguel, Historia de la literatura hispanoamericana, Alianza Textos Universidad, 3ª reimpresión, Madrid, 2007





Madrid, 14 de abril de 2011

Anastasio Serrano